domingo, 6 de septiembre de 2015

A un ángel con nombre de helado


Era un día extraño, de esos que pasan sin que te des cuenta, de nuevos comienzos. Venía de viajar 8 horas por carretera en un autobús que funcionaba a medias, junto a mi mamá y mis dos hermanos, teníamos como destino una ciudad conocida, pero un destino y un futuro totalmente inciertos.

Tenía 13 años, el día anterior había celebrado lo que sería mi último día del niño, comiendo carne en vara, entre juegos y paseos a caballo, al estilo llanero, recuerdos de mi infancia y de aquel pueblo donde crecí.

Llegamos a Caracas, y grande fue nuestra sorpresa cuando al cruzar el umbral de un apartamento de pocos metros cuadrados, pero con el suficiente espacio para un hogar, encontrarnos contigo, el regalo que la vida (y mis padres) nos entregaron junto a la siguiente frase: "...Para que aprendan desde ya a cuidar de alguien con responsabilidad".

A donde iba, ibas tú también, dentro de un morral de tela amarilla deslavada, metido allí no eras más que un montón de pelo, de escasos 5 kilos. Siempre me aseguraba de sostenerte bien, cerquita del corazón, como quien lleva a un niño frágil y pequeño, hasta que creciste como los tuyos y en el bolsito no cabía más que tu cabeza.

Esto ya lo sabías, pero apenas te vi por primera vez, inquieto y juguetón como eras, te amé. Te amé cuando ladraste por primera vez aquella madrugada, incluso cuando me hacías pasar vergüenza delante de desconocidos, a los que te encantaba saltarles encima y darles tremendos sustos.

Tus bocadillos preferidos se salían de lo corriente, vaya que eran inusuales, los muebles de madera, la carne para mechar -cruda- del almuerzo, la tubería del lavamanos, los lentes para leer de mamá o el carnet del trabajo de papá ¿Recuerdas? Ninguno se escapó de la fuerza inclemente de tus dientecitos, aquellos que muchas veces me sonrieron al llegar a casa.

Crecí y tu lo hiciste mucho más rápido, por cada año que pasaba, siete se sumaban a tu cuenta. Te vi madurar y convertirte en un adulto, pero con el espíritu de un pequeño cachorro. Las caricias en la panza y las horas de peinado eran tu debilidad, no pasaba un día en que no recibieras el inmenso amor que día a día crecía en los corazones de quienes tuvimos el honor de conocerte.

Te llevamos de viaje, al principio viajar en carro te ocasionaba mareo, tenemos varios pantalones de testigos. Conociste el mar y la arena, la disfrutaste tanto que apenas la viste le caíste a mordiscos, y lo disfrutaste, las olas te daban miedo, les ladraste en señal de protesta por su movimiento incesante y ellas en venganza fueron tras de ti y saliste corriendo despavorido.

Así como las incontables risas, los regaños también estuvieron presentes, claro que sí, aunque tu "can rebelde" interno muchas veces hiciera caso omiso de ellos. Con el tiempo te volviste un señor disciplinado, ¡incluso te ganaste el privilegio de salir a pasear sin correa!

Y sí, creo que te enamoraste, y no una, si no varias veces, es que eras un galán de pelo dorado y alma de oro, noble y honorable como los caballeros de las historias que siempre me han gustado leer. Tu inteligencia no tenía igual, con sólo una mirada transmitías infinidad de sentimientos y comunicabas más que el mejor orador de todos los tiempos.

Compartías tu comida con los pajaritos que bajaban de El Ávila, quienes venían todas las tardes a la terraza por su merienda y cuando conseguían la taza vacía hacían sonidos en señal de reproche, imagino que te reclamaron muchas veces haberte comido todo, pero lo que no sabían es que algunos días amanecías con un apetito voraz.

Hoy tengo 23 años, y quiero pensar que tuviste una buena vida, que siempre nos amaste por nuestra verdadera esencia y de forma incondicional. De lo que sí puedo tener la certeza, es que tu naturaleza jamás te permitió guardar ninguno de esos feos sentimientos que nosotros los humanos nos empeñamos en albergar.

Quiero que me perdones por no haber hecho lo suficiente, por dejar que el implacable cáncer te alejara de mi lado poco a poco. Quiero que sepas que hubiese hecho cualquier cosa para evitar todo ese sufrimiento, también quiero que sepas que todas las noches que me acosté a tu lado, a acariciarte y a peinarte para que olvidaras el dolor, me pesan en el alma, porque siento que pude haber hecho más.

A partir de ahora, el helado sabor a mantecado tendrá un sabor diferente, tal vez un poco amargo, o quizás salado por culpa de las lágrimas, pero jamás dejará de ser mi favorito.

Esta tarde la taza está vacía, ya no está en el lugar de siempre, la terraza está silenciosa porque los pajaritos de El Ávila no vendrán más ¿Y para qué? Si ya no tienen a quién reclamarle la falta de comida.

"Los perros son ángeles que en vez de alas, Dios les dio cuatro patas y vinieron al mundo a enseñar amor". Y como a ti te faltaba una patita, Dios decidió que era el momento de darte un par de alas, seguro ya estás en alguna nube dejando que todos allá te rasquen las orejas ¿Verdad que sí?

Siempre te tendré conmigo, pero esta vez no será en un morral deslavado, sino dentro de mi pecho como un talismán de amor.

Adiós buen amigo, adiós Mantecado.