martes, 25 de febrero de 2014

¿Qué son las lágrimas?



Acaso, ¿es la metamorfosis sublime que sufre toda esa materia altamente emocional y sensitiva, cuando muta de un estado etéreo, quizá gaseoso, a su forma líquida?

¿O no serán de casualidad producto del alma temblorosa, sacudida por un fervor incipiente que mueve la fibra más profunda?

Asumo que ambas, ambas porque las lágrimas son pura emoción que necesita materializarse de alguna forma, por ello existen y me permito nombrarles varios tipos:

Las de esa incontrolable risa que te hace doler las costillas.
Las de absoluta felicidad.
Las de nostalgia por lo que pudo ser y no fue.
Las que salen producto del escalofrío cuando el canto de un niño te conmueve.
Las de tristeza.
La lágrima solitaria y silenciosa del frío rechazo.
Las de amor.
Las de orgullo.
Las manipuladoras (usadas, en algunos casos, como armas infalibles de destrucción masiva).
Las de miedo.
Las del sentimiento nacionalista de los exiliados.
Las de decepción, a mi juicio las peores... Y pare usted de contar...

Pero las más misteriosas de todas, aquellas que nadie se atreve explicar, son aquellas se surgen de la nada aparentemente, en un espacio solitario, en el que solo los pensamientos y el propio ser convergen, aquellas que lavan las mejillas con el elixir del alma y aclaran pensamientos.

Esas son a las que llamo las lágrimas de la certeza, ¿y por qué? Porque luego de llorarlas y sentirlas evaporarse rápidamente, por una extraña y misteriosa razón, llega a nosotros la fortaleza suficiente para gritarle al universo: Todo pasa, lo bueno, lo no tan bueno... Todo en esta vida pasa.

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